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Pasifae y El Zubi

miércoles, 6 de enero de 2010

CARMELO PEREZ Y ESTEBAN GARCIA MANTUVIERON EN 1929 EN MEXICO UNA RIVALIDAD ENCARNIZADA QUE ACABO TRAGICAMENTE





 Por El Zubi
Esteban García está unido en la historia y en el destino al también torero Carmelo Pérez. Fueron dos toreros absolutamente dispares, pero las cualidades que ambos poseían como toreros sirvieron perfectamente para cubrir todo el espectro de posibilidades que el público necesitaba para entregarse en aquel México de 1929, el país que acababa de sufrir la llamada “guerra cristera”. Y el público se les entregó incondicionalmente. Pocas parejas de toreros han polarizado en tan poco tiempo la atención de todos los aficionados de un país como esta que nos ocupa, un emparejamiento que estuvo marcado por la rivalidad y el odio más profundo. El verano de 1929 fue un verano de apasionamiento, preludio de un mismo drama que acabó de golpe y por partida doble con las mayores ilusiones y esperanzas taurinas de México en aquellos días. En espacio de tres semanas México perdió prácticamente a ambos. De manera definitiva a Esteban García, y Carmelo Pérez obtuvo el billete de ida que acabó dos años más tarde en Madrid. La publicidad y la hipérbole popular les llegaron a comparar con Joselito y Belmonte, en un alarde de exageración sin duda, pues ninguno de los dos llegó si quiera a la altura de la zapatilla a los dos sevillanos. Esteban era técnico, clásico, hábil, purista y dominador. Carmelo era tremendo, explosivo, revolucionario, meteórico y temerario.
Esteban García nació en México D.F. el 2 de septiembre de 1905. Su maestro fue el antiguo banderillero español Antonio Conde, que le instruyó también en la línea de torero poderoso y académico. Se presentó en la capital mexicana en 1926, la misma temporada que hicieron su presentación Alberto Balderas, Heriberto García “El Yucatero” y Edmundo Maldonado “El Tato de México”. Vuelve a la capital en 1929, su año triunfal y trágico, el día 16 de junio, alternando con José González “Carnicerito” y con Luis Peláez. Lidiaron reses de Zotoluca. Esteban dejó una extraordinaria impresión, por lo que sus apariciones en otras plazas no se hacen esperar.
Por su parte Carmelo Pérez nació en Texcoco en 1908. En realidad se llamaba Armando Pedro Antonio Procopio, (hermano del también torero Silverio), pero se anunciaba como Carmelo Pérez para camuflar su identidad, ya que su madre, doña Chonita no quería que fuera torero. Debuta el 15 de septiembre de 1927 en la Plaza de Mixcoac, alternando con Cayetano Leal, Porfirio Magaña y Miguel Gutiérrez, con novillos de la Hacienda de Musquis. Aquel día Carmelo Pérez, se dejó ver con una quietud escalofriante, aunque carecía de toda técnica, pero el público le acogió con afecto, ya que demostró un impresionante valor. Tanto, que a partir de esa novillada comenzaron a llamarle “el torero que asusta”. La temporada siguiente sumó 22 novilladas. En Morelia sufrió una cogida grave con tres cornadas en el mismo muslo. Su presentación en la capital fue una locura: con novillos de Ajuluapan, junto a Alberto Balderas y Jesús Solórzano, a la sazón novilleros punteros en tierras aztecas. Esto fue el 5 de mayo de 1929 y a Carmelo ya lo anunciaban como “el torero que asusta” (slogan que le sacó el periodista Aníbal Iturbide que escribía en El Redondel). El público mexicano, tan guasón siempre, le gritaba desde los tendidos: “asustas... pero de feo que eres”, porque Carmelo en verdad era bastante feo. La gente se lo tomó un poco a chufla en sus dos novillos, y cuando fue a brindar el segundo, al coger la espada y la muleta le dijo a su mozo de espada: “¡presta (trae), que ora verán estos hijos de la chingada como se muere un hombre!”. En el primer encuentro, el novillo le arrancó la pechera y el corbatín, pero le aguantó tanto y con tanta frialdad y temeridad que el animal acabó entregado, toreándolo asombrosamente con la mano izquierda. Ese fue el principio de su leyenda con torero angustioso y escalofriante. Carmelo Pérez tenía un estilo revolucionario, absurdo, suicida y tremebundo.
El enfrentamiento y la rivalidad entre Esteban García y Carmelo Pérez fueron propiciados por el empresario de El Toreo, Eduardo Margeli “El Gaditano”, que apoyó siempre a Carmelo en detrimento del otro. Ante el impacto popular de estos dos toreros, organizó un concurso a base de tres novilladas, mano a mano, entre los dos ídolos de la afición, con un jurado y un premio atractivo: un anillo de oro y diamantes valorado en cinco mil pesos. El negocio era seguro y la concurrencia asegurada. La primera novillada se celebró el 18 de julio de 1929 con novillos de Zotoluca. A Carmelo lo cogió de gravedad el primero de su lote y Esteban García tuvo que despachar solo la novillada, cosa que hizo con soltura, aunque el público, decepcionado, le responsabilizó del petardo resultante. Repuesto Carmelo se dio la segunda novillada al mes aproximadamente, esta vez con novillos de San Diego de los Padres. Los dos toreros estuvieron muy bien. En el tercer mano a mano, con novillos de Zacatepec, Carmelo Pérez hizo una gran faena pero finalmente fue herido de gravedad al entrar a matar, pues se tiró como quien se tira a una piscina. Cortó orejas y rabo. El jurado dio a conocer el veredicto de este enfrentamiento, concediéndole el preciado anillo a Carmelo Pérez. Sin embargo nadie quedó contento, ni los aficionados ni los toreros, y el premio fue la manzana de la discordia entre los dos, que desde entonces fueron enemigos irreconciliables hasta la muerte, pues el “pique” inicial se torno en enemistad y luego en odio profundo hasta la tumba. Compartieron cartel un par de veces más solamente, pues Esteban García murió en Morelia el día de Difuntos de 1929. Quiso matar en solitario una novillada de la que se cayó del cartel David Liceaga, y se dejó la vida en las astas del toro Aleve. Vestía aquel día un traje carmesí y oro, y el toro lo alcanzó cerca del burladero hundiéndole todo el cuerno en el vientre. No había enfermería. Solo, en un cuartucho húmedo, frío y oscuro, se debatía entre la vida y la muerte, agonizaba. La fiebre originada por la peritonitis y la pulmonía le tenían delirando, y en su delirio afloraba entre insultos el rencor profundo que sentía por su rival en las plazas, Carmelo Pérez: “me voy a morir y este chingao ojete ya es matador de toros... ¿Por qué no pudo ser al revés?”. Esteban García murió la noche del 5 al 6 de noviembre, trasladado a un hospital muy grave, con la sola compañía de su hermano Anselmo. Jamás supo que el destino también se iba a ensañar pronto con Carmelo Pérez, que el 10 de noviembre era corneado de manera dramática en la Plaza de la Condesa, por el toro Michín, de la ganadería de San Diego de los Padres, un toro con encaste Saltillo, cuyas heridas fueron su pasaporte hacia la muerte dos años mas tarde.
Carmelo Pérez tomó la alternativa el 3 de noviembre de 1929 (Esteban falleció el 6 del mismo mes), en Texcoco, apadrinado por Cagancho y de testigo Heriberto García, con toros de Piedras Negras. El día de su alternativa salió a hombros por la faena que le instrumentó a su segundo, que dejó al público atónito. El 17 de noviembre se anuncia de nuevo frente a un encierro de San Diego de los Padres (toros con encaste Saltillo puro), junto a Antonio Márquez y Alberto González “Rolleri”. El sexto de la tarde, de nombre Michín era el que le iba a traer la ruina. Después de darle tres lances a la verónica muy ajustados, el toro lleno de codicia, se lo llevó en el viaje hundiéndole el pitón en el muslo izquierdo. Lo mantuvo en el aire, lo sacó hacia el tercio y volvió sobre su presa, cebándose en él e hiriéndole con el mismo pitón en el costado derecho, de tal manera que le destrozó todas las costillas al torero. El toro era una auténtica fiera encelada con su víctima, un perro de presa exasperado para no perder su víctima. Nadie podía entrar al quite. Transcurrieron unos minutos eternos. La escena era espantosa. No había manera que el toro dejara al pelele, corinto y oro, ensangrentado. Cuando lo soltó, Carmelo era un guiñapo, parecía que estaba muerto. Había recibido cinco cornadas, de ellas muy graves la del muslo izquierdo y gravísima la del tórax, que interesaba el lóbulo del pulmón y la pleura. El público estaba aterrorizado, pues cuando llevaban al torero destrozado a la enfermería por el callejón, Michín desde la arena seguía a las asistencias derrotando sobre la barrera y hocicando por encima de las tablas, desesperado de rabia al ver como le quitaban su presa. Antonio Márquez compañero de cartel con Carmelo manifestaba años mas tarde: “Nunca he sentido como aquella tarde que el toreo fuera tan duro, ni he visto un toro tan encelado con su presa".
A pesar de las gravísimas cornadas, por las que ya todo el mundo le daba por muerto, Carmelo Pérez logró recuperarse. Solamente la cornada del tórax seguía dándole problemas. No le cicatrizaba y le supuraba constantemente. El toro le había destrozado el pecho. Le faltaba medio tórax y casi todas las costillas. Sólo le quedaban en el lado derecho la clavícula y las tres costillas superiores. Por tanto tenía problemas para respirar pues el pulmón había perdido su capacidad. Carmelo Pérez reaparece en enero 1931 (había transcurrido mas de un año, postrado por las heridas), y fue recibido por la afición con una fuerte ovación. Toreó cuatro veces más con bastante éxito en México y crecido por los resultados, decide viajar a España para darse a conocer. Se embarcó en el buque Alfonso XIII desde Veracruz con destino a La Coruña. Aún le supuraban las heridas y tenían que hacerle las curas en el barco. El viaje duró 25 días y junto a él viajaban los toreros Armillita, Ortiz, Liceaga con sus respectivas cuadrillas, en total trece toreros mexicanos. Un día antes de llegar a España, mientras estaban todos comiendo a la mesa contó los comensales allí sentados y se dio cuenta de que eran trece. Se levantó y dijo muy solemne, sobrecogiendo a los demás: “Alguno de nosotros no va a regresar vivo a México...”, sin sospechar si quiera que esa papeleta la tenía adjudicada para él mismo desde hacia cerca de dos años.
Carmelo confirmó su alternativa en Toledo, de manos de Chicuelo, con Domingo Ortega de testigo el día de Corpus Christi de 1931, con toros de Antillón y uno de Terrones que sirvió para la ceremonia. Carmelo Pérez estuvo mal aquella tarde, le faltaba el aire pues se asfixiaba. Tras matar a su toro pasó a la enfermería. Los doctores Rojo de la Vega e Ibarra le habían recomendado a él y a los toreros que le acompañaban a España, que no se operara de la fístula, que era muy grande y molesta, ya que sus heridas no estaba consolidadas aún. Sin embargo Carmelo con su ansia por hacer buena campaña en España, cometió el error de operarse por el doctor Jacinto Segovia que le cerró la fístula y las adhesiones pleurales. Lo ingresaron en el mismo sanatorio a la vez que Curro Puya que estaba agonizante. La convalecencia se hizo larga, la fiebre no remitía y los médicos no sabían como sanar al torero mexicano. El 15 de septiembre Carmelo comenzó a sentirse muy enfermo y ya no fue al sanatorio de toreros, sino que se quedó en la pensión donde se hospedaba en Madrid. Tenía una infección en el tórax que después se le complicó con una bronconeumonía.
Los toreros mexicanos ya iban a regresar a su tierra y Carmelo cada vez estaba peor. David Liceaga fue a visitarlo a su pensión y Carmelo lo recibió diciendo: ¡No entres, que estoy podrido...!. Agonizante le rogó que no le dejara muerto en España y le dio 25.000 pesetas que tenía escondidas bajo el colchón para pagar a los médicos y los trámites funerarios. Contaba años después Liceaga que Carmelo agonizante tampoco reprimió su rencor y su odio por su enemigo Esteban García, pues en su agonía gritaba: “¡ya nos vamos a encontrar otra vez con ese pinche cabrón”. Carmelo se moría ciertamente. La Embajada de México se desentendió por completo del asunto. David Liceaga desesperado, recurrió al Papa Negro y a la familia Bienvenida, que se comprometieron en arreglar todos los tramites y en sufragar los gastos para mandar a Carmelo a México cuando acabara de morirse.
Carmelo Pérez murió el 18 de octubre de 1931. Aquella misma tarde salían todos los toreros mexicanos en tren para embarcar en La Coruña. Liceaga se quedó el último, gestionando el traslado del cadáver con los Bienvenida y tuvo que ir a La Coruña en el coche de un amigo y llegó justo a la hora de zarpar. Esta vez... tal y como había pronosticado Carmelo Pérez unos meses antes, sí que regresaban a casa sólo doce toreros vivos.

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